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lunes, 16 de septiembre de 2013

LA ORQUESTA Y CORO DEL SER

Escrito por Claudia Rodríguez

Erase en un pueblo ubicado en los Alpes de Francia, la casa de un humilde Luthier. Hábil artesano en la construcción de instrumentos musicales de cuerda frotada o pulsada.
Era uno de los últimos que quedaban en la zona. Todos los conocían como un talentoso del arte. Más estas manos solo sabían de construir con amor una nota.
Para quienes compraban sus instrumentos y emitían sonidos, las manos de quien elaborada tan anhelada pieza vibraban de sentir el sonido de la música en otros, de ver la belleza en el otro, al pulsar o frotar en elegancia un piano o uno violín.
Aquella artesana brindaba la forma y quien tocaba le otorgaba vida. Quien podría pensar que de un trozo de madera pelos de caballos se podría establecer un lenguaje de comunicación tan mágico, puro y transparente como la música.
Los artistas venían de cada rincón del planeta a comprar aquellas bellezas ya que pocos entusiastas quedaban por aquel arte de elaboración. Con la revolución industrial habían aparecido fábricas con máquinas diseñadas para elaborar este tipo de objetos en forma masiva, perdiendo algo trascendental, el mensaje de amor que cada Luthier aplicaba a su obra de arte, ninguna era igual a otra. Para aquella manifestación del arte todo lo que allí se construía era una propia manifestación del Ser hacia otro Ser.
Y por ello los virtuosos del área, se sentían atraídos por esta vibración amorosa.
Como la bella artesana jamás sabia que era de sus hijos pródigos cuando eran vendidos.
Se conformaba con saber que para quien lo comprara fuera útil.








Un día llego a su casa un director de orquesta. Este afectado por la emoción que embargaba su alma de estar frente a quien construía lo que para él era la magia viva de la música le dice:
¡Por fin le encuentro mi bella artesana! Por tanto tiempo buscándole allí esta frente a mí.
La joven Luthier un poco descolocada le pregunta a que debía su visita.
Pues vengo a hacerle una invitación. Ya es hora que conozca que la labor de amor que usted manifiesta en cada corte, cada, cepillada, cada lijado, cada tallado con su cincel, cada barnizado y pintado, cada corte crea un sortilegio de amor entre quienes emiten, quienes escuchan, quienes bailan o simplemente quienes se dejan llevar por ese prodigio que sus manos manejan.
Un poco avergonzada la bella dama acepta la invitación sólo porque deseaba ver la manifestación de sus hijos en conjunto.
Cuando llegó allí el director la llevó para que se sentara en la primera fila. Y le dijo Para una Madre va dedicada esta presentación, en la cual  sus hijos se harán presente a través de la labor que usted con el alma ha desarrollado en ellos.
A lo que ella asintió con un  sencillo y humilde gracias.
Comenzaron a tocar cada uno de los instrumentos y la joven Luthier lloró de emoción al ver como sus hijos habían trascendido en ese amor.
Cada ejecutante según sus habilidades y fusión con su instrumento le daba un lenguaje y vibración única y que en un trabajo de virtuosismo de todos, lograban en una sola voz emitir la melodía más hermosa que jamás haya escuchado.
Luego venía el coro, que con sus voces angelicales retumbaban el sentir de quienes los escuchaban.
Una señora elegante que se encontraba al lado de esta madre orgullosa, le comenta: Y pensar que  gracias  a esos tonos emitidos que en conjunto forman esta sinfonía ellos son capaces de escribir una letra acorde y cantarla como los Dioses del Olimpo.
Esa madre ante esas palabras ya no cabía más plenitud en su pecho y sólo atinaba agradecer a Dios por la oportunidad de crear con sus manos.
Al otro lado un caballero entendido de la música interfiere en la conversación y agrega, eso no es todo. ¡Sólo imaginen a cuántas personas en esta unión de voces y sonidos, les llega al alma no solo su letra sino que también su consonancia, cuántas personas podrán enamorarse, enfadarse, reflexionar o simplemente disfrutar de sus propias emociones, a través de ellos!
¡Esto es como una red! En donde todos estamos unidos de alguna u otra manera.
Luego al finalizar vino el aplauso, de todo un público de pie, por todos aquellos que habían participado en esa obra.






La bella artesana miraba la cara de felicidad de los músicos, los coristas y el director al recibir los aplausos que  daba la Vida a ellos. Cada uno con un mundo, con circunstancias individuales de vivencias, con sufrimientos, caídas, trayectos de bienaventuranzas y desventuras. Sin embargo estaban allí mirando de cara a la Existencia brindando el mejor regalo, hacer lo que mejor sabía hacer con amor, con consistencia de espíritu. Y ese aplauso era la recompensa.
Como para la bella joven ver que esa gota de agua pudo convertirse en un mar con vida propia.
Ella aplaudió a sus hijos por lo que llegaron a Ser, en común unión con todo lo que la vida les proporcionó a cada uno de ellos.

Observó al cielo y emocionada logro emitir un GRACIAS tan sentido que hasta más allá del universo llegó su canto.