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martes, 6 de marzo de 2012

MAS ALLA DE LA LUZ




MAS ALLA DE LA LUZ

Escrito por Claudia Rodríguez

Charlotte una mujer profesional cansada y estresada del mundanal ruido decidió ir donde el viento la guiará y por sincronía, le llama un matrimonio amigo para que se fuera con ellos al lago, ese fin de semana. Obviamente aceptó de forma inmediata.

Ansiosa durante la semana no hacia otra cosa que pensar en que haría estando allí, se propuso pintar, escribir, compartir, salir a caminar y tantas otras actividades que agotaban aun mas su mente trabajólica.

Llegó el viernes y apenas se retiró de su trabajo fue a su departamento para buscar el equipaje dirigiéndose raudamente hacia la montaña.

Mientras manejaba su auto, se deleitaba con todo lo que iba observando. Bosques de árboles nativos, campos, riachuelos, caídas de aguas, fauna silvestre y tantas otras bellezas que ante el ruido de la ciudad pasan desapercibidos. Su mente volaba, sin embargo aun se encontraba atada a los problemas de su vida cotidiana.

Cuando llegó a la cabaña donde se encontraban sus amigos. ¡No podía creer, la hermosura de cielo que veía! Era como si una cúpula de estrellas la envolvieran con sus constelaciones haciéndole participe de la danza nocturna, bajo el silencio de la música sin melodía,  un susurrante viento.

Agradecía una y otra vez a sus amigos por la invitación, después de una amena y larga charla dada por el compartir mutuo de los tres más el cariño que se expresaban entre sí, todo amenizado por el fuego de la chimenea acompañado de un sabroso té, contaban sus historias, olvidándose del mundo, riéndose a carcajadas de recuerdos en los cuales han coincidido vivir.

Ya a altas horas de la madrugada, decidieron ir a dormir pero antes Charlotte quiso ir al jardín a observar nuevamente ese firmamento saturado de luces parpadeantes cautivando la mirada de cualquier romántico empedernido.

Respiraba profundo, como para llenar su visión de tanta maravilla, tratando de captar hasta el más mínimo detalle para cuando necesitase recordar, sólo bastara con  cerrar los ojos y encontrarse nuevamente en ese lugar…. Se dio cuenta que a medida que agudizaba sus sentidos se sentía parte de toda esa nobleza divina hecha vida.  Y con esa sensación se marchó a descansar.

Al amanecer se podía observar el sol salir desde las montañas e iluminar la habitación a medida que avanzaba el tiempo. Charlotte al despertar reparó en su ventana asombrándose del paisaje tan bello, un verde de tonalidades diversas, el rocío en las hojas. El viento moviéndolas como saludando a la mañana, los pajarillos cantando, las flores abriéndose paso con sus pétalos a la llegada del ruiseñor de luz y en el fondo, un lago de aguas color esmeralda, tan transparente que la brisa del rayo solar hacían ver como si hubiesen las estrellas aterrizado allí, los peces saltaban dando la bienvenida al nuevo día.

Charlotte sintió que su sueño había sido tan reponedor y al ver este paisaje de edén, se sintió emocionada de poder ser parte de él.

Salió al jardín, se sentó en el pasto y llevo un libro para leer, un cuaderno para dibujar o pintar y su música relajante.

Colocó sus audífonos en sus oídos y las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos. No podía parar de llorar de felicidad, la vibración que emitía la música iba acorde a la vibración que emanaba el lugar y ella era parte de toda esa sincronía sublime….

¡Cuán feliz se sentía! Deseaba escribir o dibujar pero sus ganas de contemplar y saciarse de ello era aun mayor, así que se dio la libertad de elegir por silenciar el instante inmortal sellándolo con sólo perderse en lo que recibía de la virtud natural del medio que la abrazaba con tanta calidez.

No tuvo noción del tiempo y cuando se dio cuenta ya era horario de tarde. Volvió a la cabaña avergonzada por no haber compartido con sus amigos.

Ellos sólo pudieron decirle que se sentían feliz que descansara y disfrutara de todo lo que estaba recibiendo. Ese era el fin de  la invitación, lograr que  sintiese y palpase la felicidad, fuera del ruido constante de la urbe.

Al finalizar ese fin de semana y devuelta a casa, manejando su auto se dio cuenta que no pintó, no dibujó, no trabajó y que sólo contempló, se sonreía porque admitía que en ese presente fue la mejor decisión que pudo tomar.


Volvió a su trabajo con otra disposición y cada que vez que se presentaba alguna complicación, solo recordaba, cerraba sus ojos y volvía a sentirse en la plenitud de lo aprendido, de lo compartido, de lo asimilado, de lo percibido, de lo vivido.

Y pensaba ¡Cuántas veces me pierdo en discusiones y juicios que sólo me llevan a deteriorar mi tranquilidad mental y física olvidándome de lo más importante, LA BELLEZA DE LA CUAL SOY PARTICIPE! Eso es sentirse del todo, uno y del uno, todo.

Desde ese fin de semana Charlotte comprendió que necesitaba darse tiempo solo para contemplar, lo cual la llevó a buscar en sus tiempos de relajo diversos lugares en donde perderse en la inmensidad del UNIVERSO.